El ecoturismo deja 400.000 € en la sierra de la Culebra, frente a los 40.000 de la caza.

 

El lobo da dinero.

El “ecoturismo” es un fenómeno en alza que proporciona importantes ingresos en zonas económicamente deprimidas, en las que la ganadería y agricultura han decaído drásticamente y las poblaciones humanas van desapareciendo.

 

En una entrevista de la agencia EFE publicada el pasado mes de abril por el Diario de Navarra, el conocido biólogo naturalista Javier Talegón desvela que según un estudio elaborado en casas rurales de la comarca de la Culebra en 2012, “ el 46 % de la ocupación media es atribuible al lobo, con una pernoctación media de 2,18 noches por viaje. Esto supone unos 440.000 euros sólo en comer y en dormir, una buena inyección para la economía local, que supera de largo los cerca de 40.000 euros que deja la caza".
No es sólo esa comarca zamorana la que recibe pingües beneficios por la presencia del lobo. Según publica José María Campos en El Diario de León, los visitantes que acuden a la montaña de Riaño a ver especies autóctonas, dejan cada temporada más de 100.000 € directos, cantidad que supera la producida por los daños atribuibles al lobo, según afirma Iñaki Reyero, gerente de la empresa Wildwatching España, quien añade que son más de mil personas de diferentes puntos del mundo las que cada año contratan con agencias europeas paquetes turísticos para ver al lobo en Riaño. El 80% de los ingresos generados de esta forma, se quedaría en la comarca leonesa.
Reyero tiene en su empresa a cuatro empleados dedicados a buscar el rastro del lobo y estudiar su hábitat y costumbres, que han podido comprobar un fuerte declive en los grupos reproductores, debido especialmente a la acción de los cazadores furtivos, que han llegado a exterminar manadas enteras. El descenso de manadas de lobo en las montañas cántabras podría llegar a la mitad de los clanes que existían hace sólo cuatro años. Malas noticias para la salud ambiental de la Cordillera… y para su economía.

 

 

 

EL RECLAMO DE LA CHICHARRA
 

Con la llegada de las altas temperaturas, las cigarras entran en celo, llenando los campos con el estrépito de su reclamo.


Si hay un sonido que se asocia inmediatamente con la llegada del verano, es el del "cantar" de la chicharra o cigarra, como también se la conoce. Y a pesar del estridente bullicio que generan, lo cierto es que es muy difícil ver a este hemíptero, pariente del saltamontes, cuando se posa en los troncos y  hojas altas de los árboles desde las que emite su peculiar sonido. Quizá sea este el motivo por el que la mayoría de la gente sabe muy poco o nada de este insecto, cuya biología resulta, no obstante, interesantísima.

Se confunde a menudo con la langosta, un ortóptero pariente de saltamontes y grillos, con el que se ilustra frecuentemente la fábula de "la Hormiga y la Cigarra" de La Fontaine. Estos insectos, al frotar sus patas con el borde de las alas y el abdomen, producen un sonido similar al de las chicharras, de manera muy parecida a lo que sucede cuando pasamos repetidamente nuestro dedo por las púas de un peine. Sin embargo, no era esta especie de saltamontes a la que se refería el fabulista galo, ni las cigarras producen su característico reclamo de igual forma que los saltamontes.

Biología

Las cigarras se alimentan de la savia de los árboles, para lo que usan un estilete dispuesto en su boca con el que perforan la corteza y acceden al rico nutriente con la probóscide. Las hembras fecundadas usan su oviscapto (una especie de aguja en el extremo de su abdomen)  para hacer incisiones en la corteza y depositar sus huevos.  De estos saldrán en otoño las larvas, que ya transformadas en ninfas, caerán al suelo, en el que excavarán hasta hundirse para alimentarse de la savia de las raíces. Dependiendo de la especie y de otras circunstancias, las ninfas pueden permanecer en este estado durante varios años (hasta 17 en especies americanas), desarrollándose y esperando el momento oportuno para salir a la superficie y trepar por los troncos de los árboles, entre cuya corteza se despojarán de la "exuvia", o exoesqueleto juvenil. Ya convertidos en adultos, y a principios de julio, los machos empezarán a emitir su peculiar sonido (estridulación) para atraer a las hembras. Tras la puesta, y con la llegada de los primeros fríos, las chicharras adultas mueren.

Concierto de tambores

Sólo los machos poseen  órganos capaces de producir la estridulación. Se llaman timbales, son dos, situados en los costados del abdomen, del que ocupan su mayor tamaño. Como si en efecto, de tambores se tratase, estos timbales son unas cavidades (caja de resonancia) cubiertas por una membrana queratinosa. Un músculo al contraerse y relajarse, deforma estas membranas produciendo un cliqueteo, de forma parecida al que se produce con el juguete de chapa de la "rana". En algunos casos, el sonido de este chirido puede ser realmente molesto y superar los 100 decibelios (el ruido de un secador de pelo), aunque resulta muy atractivo para las hembras, que perciben el estruendo con unos "oídos" situados en el tórax.

En la península ibérica hay dos especies de chicharras: Cidada Ornis y Cicada barbara, La primera se encuentra preferentemente en el norte peninsular, mientras que a la segunda no es fácil verla más al nore de los Montes de Toledo, Ninguna de ellas hace daño al hombre (no pican), aunque las chicharras sureñas muestran predilección por los olivos, a los que pueden dañar al poner los huevos, por lo que se las suele considerar como una plaga.

 

Foto: Cortejo de chicharras.  Por Hectonichus, Commons CC BY-SA 3.0


 

 

 Se constata un intercambio genético entre las poblaciones del oriente y occidente cántabro.

 

OSO PARDO:

HUELLAS DE ESPERANZA

 

Un estudio de la Fundación Oso Pardo confirma la huella genética de la población occidental en el núcleo oriental de osos cantábricos. Esto significa que se ha roto el aislamiento entre ambas poblaciones, uno de los factores que ponen al plantígrado cántabro en el borde de la extinción.

 

La presencia del oso se limita en nuestra península a dos pequeños núcleos en el sector central de la cordillera cantábrica*, llamados “occidental” y “oriental”. El segundo, bastante más pequeño que el primero, ha permanecido durante un tiempo indeterminado aislado, lo que ha forzado la reproducción endogámica. La endogamia y el empobrecimiento genético consecuente al aislamiento de poblaciones, es la mayor amenaza para la existencia de este gran mamífero, junto con el furtivismo y la destrucción de su hábitat.  

Sin embargo, los últimos estudios de la Fundación Oso Pardo destinados a determinar la variabilidad genética de los osos orientales, han abierto camino a la esperanza. Entre junio de 2013 y agosto de 2014, se han recogido 152 muestras de pelo y excremento que se han sometido a un análisis de ADN. Los resultados señalan que de 26 ejemplares individualizados en la subpoblación oriental, “7 son osos migrantes que han llegado desde la población occidental y 14 osos con algún grado de mezcla, procedentes de cruces mixtos entre ejemplares de ambas subpoblaciones”* En otras palabras, el aumento de variabilidad genética en los osos orientales reduce su vulnerabilidad a enfermedades y cambios ambientales, y contribuye al aumento de camadas.

Para que el intercambio genético entre ambas poblaciones siga creciendo, es fundamental la protección y ensanche del pequeño corredor que comunica los dos núcleos, una franja que discurre entre el puerto de Pajares y Riaño, por los picos de Mampodre y el corazón de la Cordillera, un territorio cruzado por una autovía (AP66) y varias carreteras de primer y segundo orden, además del obstáculo que suponen los embalses de Luna, Porma y Riaño. Es necesario el mantenimiento de pasos que salven estos obstáculos, y de una cobertura arbórea y arbustiva abundante y variada que favorezca la presencia y tránsito de osos. En este sentido hay que destacar las repoblaciones con cerezos y otros frutales, además de frondosas como castaños, robles y hayas, emprendida por diversas instituciones con el objeto de mantener un entorno óptimo para la supervivencia del gran plantígrado. Paralelamente, es necesario aumentar la labor de concienciación social y un estricto control que erradique el furtivismo y la colocación de lazos y venenos, pues a pesar de la vigilancia de voluntarios y funcionarios, todos los años aparecen nuevos casos de esta aberrante práctica.

El oso era un animal relativamente abundante en buena parte de la Península en el siglo XIV, como se señala en el Libro de la Montería de Alfonso XI; y aún podía encontrarse con normalidad en el s XVI en toda la cordillera cantábrica, con los Montes de León y el sistema galaico, los Pirineos, sistema ibérico, sistema central y Montes de Toledo, Sierra Morena y las cordilleras béticas, es decir, los principales sistemas montañosos de la Península. Sin embargo, la deforestación y la persecución implacable del hombre, agravada por el desarrollo de las armas de fuego, han puesto a esta especi al borde de la extinción.

En el siglo XIX se produce la separación y aislamiento de los osos cántabros y pirenaicos, emparentados con los mismos osos pardo eurasiáticos, mientras desaparecen las poblaciones galaicas y meridionales. Está perfectamente documentado el acoso salvaje que sufrió el oso en el primer tercio del siglo XX. Considerado como una alimaña perjudicial para la ganadería, y mientras se deforestaban sus ancestrales territorios, se mataba a machos, hembras y a las madres con sus oseznos (esbardos o escañetos, como se les conoce en Asturias y Cantabria) por cualquier medio y en cualquier época del año, por aldeanos y por nobles (son famosos los lances de caza osera protagonizados por Alfonso XIII y la familia real), sin que ningún cazador sintiera el menor atisbo de malestar o conciencia de hacer algo malo. El exiguo núcleo cántabro termino por dividirse en dos territorios  aislados, mientras desaparecía de los Pirineos.

No se empezó a proteger al oso de manera efectiva hasta el decreto 2573 de 1973. Para entonces, el oso pardo ibérico, con unas pocas docenas de supervivientes, era ya una especie a punto de la extinción absoluta. Por fortuna, fue creciendo una corriente de opinión que se negaba a la desaparición del oso de nuestros montes, y exigía medidas urgentes para detener la masacre. En 1992 se crea la Fundación Oso Pardo, una institución que desde su misma aparición hasta nuestros días no ha cesado en su importantísima labor conservacionista. Fruto de este trabajo es el cambio de tendencia, con la estabilización y crecimiento de las poblaciones cántabras, que se estiman en la actualidad como de 200 ejemplares para el territorio occidental, y de 30 para el oriental. El restablecimiento de intercambio genético entre ambos núcleos, es ciertamente una buena noticia y un motivo de optimismo para esperar que el aumento de la población y su variabilidad genética alejen definitivamente la amenaza de extinción.

Han aparecido nuevas leyes para proteger al oso, y las penas económicas (de 5.000 a 2.000.000 €) e incluso de prisión para los infractores, no evitan que sigan apareciendo lazos, veneno, y osos abatidos furtivamente. Por eso es necesario no cesar en la labor de concienciación social que termine con estos usos.

 

 

 

*La población pirenaica se consideró extinta a mediados del siglo XX, los pocos osos pardos que actualmente viven en el pirineo español son procedentes de un intento de repoblación con osos eslovenos.

 

** Ver  http://www.fundacionosopardo.org/index.php/la-subpoblacion-oriental-de-osos-mejora-su-salud-genetica/#sthash.NkW3xvaK.dpuf

 

 

 

 

La superpoblación de cérvidos y sus consecuencias

La ausencia de depredadores impide la existencia de una población sostenible

La superpoblación de cérvidos y sus consecuencias

Las grandes nevadas impiden a ciervos  y corzos encontrar alimento en la superficie y les obliga a depender de especies arbóreas escasas, como acebos y abedules.

 La ausencia del lobo. depredador específico de los rumiantes salvajes, favorece un gran aumento de la población de ciervos, gamos, corzos, cabras y rebecos. En la época invernal, y especialmente cuando se producen grandes nevadas, estos animales se ven obligados a buscar el sustento en la corteza y hojas de árboles, ante la imposibilidad de acceder al pasto de superficie. Se produce entonces una suerte de selección natural,  por la que los ejemplares más débiles morirán de inanición.

 La segunda consecuencia es que árboles protegidos tan necesarios como los abedules o los acebos se ven sometidos a una agresión desmesurada, viéndose privados de la corteza, lo que termina por secarlos o enfermarlos irreversiblemente.

 Hay que recordar que los lobos y otros depredadores cumplen una función de selección natural insustituible, eliminando a los ejemplares más débiles o enfermos y manteniendo  la población de cérvidos, jabalíes y otros, sana y equilibrada, al contrario de lo que con demasiada frecuencia hace el cazador humano, que intentará cobrar el ejemplar más grande y hermoso.

 

Setas: Lo que debe y no debe hacerse.

Más del 80% de las plantas vasculares dependen de los hongos para sobrevivir.

SETAS: LO QUE DEBE Y NO DEBE HACERSE.

 

Algunas setas son un manjar delicioso, con muy poco aporte calórico, y ricas en vitaminas del grupo B y otros oligoelementos. Sin embargo, su recolección y consumo puede causar graves problemas para la salud del ecosistema y de las personas.

 

Las temperaturas suaves y las abundantes lluvias del otoño y primavera, favorecen la aparición de las preciadas setas, y con ello, la salida al campo de multitud de personas que esperan llenar sus cestas de tan sabroso bocado. Esta costumbre que puede resultar muy placentera y saludable, entraña sin embargo, riesgos que deben ser tenidos  en cuenta  seriamente. 

En efecto, todos los años aparecen casos de intoxicaciones por la ingesta de setas que en ocasiones pueden ser mortales o muy graves, y todos los años vemos cómo se dañan irremediablemente espacios naturales de altísimo valor ecológico a causa del proceder de desaprensivos o personas irresponsables o ignorantes de la importancia de los hongos en el ecosistema.

Hay que recordar que las setas son el “fruto” de un organismo –el hongo- que a pesar de no ser visible, se extiende mucho más de lo que muchos sospecharían. Al igual que para  recoger todas las peras de un peral no arrancamos las ramas ni el tronco de raíz, no debemos destruir el “árbol” que produce las setas. Y de la misma forma que no todas las frutas son saludables, no todas las setas son comestibles. Señalemos las reglas que todo recolector o consumidor responsable debe recordar:

No consuma nunca ninguna seta que no reconozca sin el menor género de duda, o  que no le sea ofrecida por alguien de la máxima confianza y demostrada pericia micológica. Descarte cualquier “truco” o consejo popular para reconocer las setas venenosas (cubiertos de plata que se oscurecen, colores negros o llamativos, olor agradable, etcétera). Aunque muchos han sido repetidos desde tiempo inmemorial y se catalogan como “saber popular”, todos son falsos, y causa de no pocas desgracias.

Revise cuidadosamente las setas antes de cocinarlas. No es difícil que entre muchas “buenas” se encuentre una “mala”, e ingerir una pequeña porción de ella puede bastar para recibir un disgusto serio.

Mientras las recolecta, lleve las setas en una cesta que permita que las esporas liberadas llegen a la tierra. Las esporas, de tamaño microscópico –no miden más de 30 millonésimas de milímetro- se producen entre las laminillas, y son el equivalente de las semillas de las plantas. Haciendo esto, permitirá el desarrollo de nuevos hongos.

Corte los pies, no los arranque. No use jamás rastrillos o herramientas similares para coger setas: es la forma más segura de destruir el micelio e impedir la aparición de nuevos ejemplares. Es una práctica muy destructiva que acaba con los hongos.

No dude en avisar al SEPRONA (112) si observa a alguien recolectando setas de forma contraria a lo indicado más arriba. Recuerde que más del 80% de las plantas necesitan a los hongos para sobrevivir, pues sin ellos quedarían indefensas ante heladas, sequías, empobrecimiento del suelo, ataques de bacterias e insectos, y otras circunstancias adversas.

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