EL RECLAMO DE LA CHICHARRA
 

Con la llegada de las altas temperaturas, las cigarras entran en celo, llenando los campos con el estrépito de su reclamo.


Si hay un sonido que se asocia inmediatamente con la llegada del verano, es el del "cantar" de la chicharra o cigarra, como también se la conoce. Y a pesar del estridente bullicio que generan, lo cierto es que es muy difícil ver a este hemíptero, pariente del saltamontes, cuando se posa en los troncos y  hojas altas de los árboles desde las que emite su peculiar sonido. Quizá sea este el motivo por el que la mayoría de la gente sabe muy poco o nada de este insecto, cuya biología resulta, no obstante, interesantísima.

Se confunde a menudo con la langosta, un ortóptero pariente de saltamontes y grillos, con el que se ilustra frecuentemente la fábula de "la Hormiga y la Cigarra" de La Fontaine. Estos insectos, al frotar sus patas con el borde de las alas y el abdomen, producen un sonido similar al de las chicharras, de manera muy parecida a lo que sucede cuando pasamos repetidamente nuestro dedo por las púas de un peine. Sin embargo, no era esta especie de saltamontes a la que se refería el fabulista galo, ni las cigarras producen su característico reclamo de igual forma que los saltamontes.

Biología

Las cigarras se alimentan de la savia de los árboles, para lo que usan un estilete dispuesto en su boca con el que perforan la corteza y acceden al rico nutriente con la probóscide. Las hembras fecundadas usan su oviscapto (una especie de aguja en el extremo de su abdomen)  para hacer incisiones en la corteza y depositar sus huevos.  De estos saldrán en otoño las larvas, que ya transformadas en ninfas, caerán al suelo, en el que excavarán hasta hundirse para alimentarse de la savia de las raíces. Dependiendo de la especie y de otras circunstancias, las ninfas pueden permanecer en este estado durante varios años (hasta 17 en especies americanas), desarrollándose y esperando el momento oportuno para salir a la superficie y trepar por los troncos de los árboles, entre cuya corteza se despojarán de la "exuvia", o exoesqueleto juvenil. Ya convertidos en adultos, y a principios de julio, los machos empezarán a emitir su peculiar sonido (estridulación) para atraer a las hembras. Tras la puesta, y con la llegada de los primeros fríos, las chicharras adultas mueren.

Concierto de tambores

Sólo los machos poseen  órganos capaces de producir la estridulación. Se llaman timbales, son dos, situados en los costados del abdomen, del que ocupan su mayor tamaño. Como si en efecto, de tambores se tratase, estos timbales son unas cavidades (caja de resonancia) cubiertas por una membrana queratinosa. Un músculo al contraerse y relajarse, deforma estas membranas produciendo un cliqueteo, de forma parecida al que se produce con el juguete de chapa de la "rana". En algunos casos, el sonido de este chirido puede ser realmente molesto y superar los 100 decibelios (el ruido de un secador de pelo), aunque resulta muy atractivo para las hembras, que perciben el estruendo con unos "oídos" situados en el tórax.

En la península ibérica hay dos especies de chicharras: Cidada Ornis y Cicada barbara, La primera se encuentra preferentemente en el norte peninsular, mientras que a la segunda no es fácil verla más al nore de los Montes de Toledo, Ninguna de ellas hace daño al hombre (no pican), aunque las chicharras sureñas muestran predilección por los olivos, a los que pueden dañar al poner los huevos, por lo que se las suele considerar como una plaga.

 

Foto: Cortejo de chicharras.  Por Hectonichus, Commons CC BY-SA 3.0


 

 

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