Alergia al polen en invierno y el coste de del progreso.

La alergia al polen era algo que se relacionaba casi exclusivamente con la primavera, momento en el que muchas plantas (en especial gramíneas) empiezan a generar el polen necesario para la fecundación y perpetuación de la especie. La palabra “polen” viene del latín “pollen”, que significa “polvo fino”, un polvo formado por millones de células sexuales masculinas microscópicas que pueden ser alergénicas. No hay que confundir el polen con las semillas de algunos árboles como el chopo, que cubiertas de una especie de pelusa blanca son transportadas por el viento. No son estas semillas, sino el minúsculo polen el causante de las rinitis y conjuntivitis que torturan a los sufridores alérgicos.

Pero no dichas gramíneas (cereales y pastos) o los olivos son los únicos causantes de las alergias. Cupresáceas como las arizónicas, cipreses y enebros, tienen su periodo polinizador entre enero y marzo, lo que genera molestias a las personas más sensibles, que pueden llevar a la pérdida de millones de horas de trabajo. Esta “alergia invernal” era hasta hace algunas décadas mucho menos frecuente y virulenta que la primaveral. Entonces, ¿a qué se debe este aumento de alergias invernales, que algunos expertos califican como extraordinario? Pues a veces, resulta fácil recurrir a explicaciones más o menos ingeniosas o fundamentadas, pero que tienen más que ver con mitos y generalidades paranoides que con el sentido común y la ciencia: la contaminación, las “porquerías que nos meten en los alimentos”, las medicinas, las vacunas…

 No es que lo mencionado anteriormente y otras circunstancias y hábitos propios de la sociedad de nuestros días no puedan afectar en determinados casos y en cierta forma a nuestro sistema inmune, especialmente en lo relativo a las alergias alimentarias, pero seguramente mucho menos de lo que muchos recelan. A veces la respuesta es mucho más sencilla y ajustada a la realidad, aunque esto suponga dejar sin argumentos a aquellos que disfrutan con el morbo conspiranóico. Veamos:

El desarrollo urbanístico de los últimos 50 años ha cambiado, producto en gran medida del alza exponencial de los precios de la vivienda en el centro de las ciudades, el abandono de los pueblos, y el aumento viviendas unifamiliares en las afueras. En otras palabras, ha aumentado espectacularmente lo que se conoce como superficies urbanizadas de baja densidad o urbanización difusa. Esto conlleva un no menos extraordinario aumento de superficies ajardinadas y pantallas arbustivas formadas mayoritariamente por arizónicas y otras cupresáceas. Es decir, las arizónicas, las mayores “responsables” de la alergia invernal han aumentado muchísimo en número y en extensión. No es necesario que Vd. tenga una arizónica en su casa, ni importa demasiado que no vea ninguna en su barrio. El polen puede viajar impulsado por el aire muchos kilómetros, muchos más de los que dista su vivienda de la urbanización más próxima.

Y otra cosa: a pesar de que señalar al “cambio climático” -eso que se ha convertido en algo que nos sirve para explicar casi cualquier cosa a la que no encontramos explicación- resulte muy tentador, recordemos que basta con un invierno seco, escaso de precipitaciones, para que los pólenes de arizónica tengan su fiesta, y los alérgicos tengamos asegurado nuestro sufrimiento.

¿Tenemos que renunciar entonces al progreso, a nuestros jardines, a nuestros adosados? Pues no, seguramente baste con que renunciemos a ciertas especies exóticas para hacer nuestros setos y cubrir nuestras vallas, y optemos por otras que aunque no crezcan tan rápido, pueden aportarnos muchas ventajas: durillos, lauros, laureles, mirtos, romeros, jaras, acebos…

cuidador 200

últimas actividades